La misión Artemis II a la Luna: imágenes políticas del planeta Tierra

 

Peter Krieger[1]

El 10 de abril de 2026 a las 17:07, hora del Pacífico en el suroeste de San Diego, California (Pacific Daylight Time, PDT), regresó la cápsula Integrity de la misión lunar Artemis II con un splashdown sobre la superficie del mar infinito en el planeta azul. La tripulación estuvo integrada por Reid Wiseman, comandante estadounidense blanco; Victor Glover, piloto estadounidense afrodescendiente; la mission specialist Christina Koch, científica estadounidense de tez clara, y el astronauta canadiense blanco Jeremy Hansen. Un equipo en apariencia "políticamente correcto" en un país con severa discriminación racista y patriarcal, y con una creciente tendencia xenofóbica.[2]

Más allá de los innegables logros tecnológicos de la misión Artemis II, las impactantes imágenes del espacio y de las órbitas de la Tierra y la Luna –proporcionadas por el sitio web oficial de la NASA y reproducidas por numerosos medios impresos y digitales a nivel mundial– quedaron grabadas en la memoria de la humanidad. Desde una distancia visual de aproximadamente 6 500 kilómetros, la tripulación tomó y dio a conocer varias fotografías en alta resolución –con mayor detalle que en misiones lunares anteriores– de la superficie de la Luna, sus cráteres e incluso el lado "oculto" de este satélite terrestre, capturado con mayor claridad bajo su eterna sombra solar.

Este lado oculto de la Luna nunca es visible desde la Tierra, pero fue explorado y fotografiado desde la sonda Luna 3 (Луна-3) en 1959, como parte del programa espacial de la entonces Unión Soviética. Esto fue posible gracias al "robo" del rollo fotográfico empleado en el globo estadounidense de espionaje Genetrix; un hito que incluso inspiró la imaginación musical, como el álbum Dark Side of the Moon (1973), de la banda inglesa de rock progresivo Pink Floyd, cuyo mensaje anticapitalista y ontológico era: There is no dark side in the moon, really; [as a] matter of fact it’s all dark. Más allá de esta fascinación terrorífica por lo oscuro y lo desconocido, fue la mirada a lo propio lo que detonó un impacto epistémico-político enorme: la visión de nuestro propio planeta desde la distancia del espacio exterior; la percepción de la "canica azul" (Blue Marble), bella y vulnerable (fig. 1).

 

Harrison Schmitt, Blue Marble. Fotografía AS17-148-22727 de la NASA, misión Apolo 17, 1972

Figura 1. Harrison Schmitt, Blue Marble. Fotografía AS17-148-22727 de la NASA, misión Apolo 17, 1972.

 

Dos fotografías emblemáticas de las misiones estadounidenses han logrado un enorme éxito mediático, no sólo por las capacidades tecnológicas de la NASA, sino por haber despertado una conciencia ambiental colectiva en la Tierra. La primera de ellas fue la toma realizada por el astronauta Bill Anders el 24 de diciembre de 1968 –es decir, durante la Nochebuena de un año caracterizado por revueltas estudiantiles de la izquierda en múltiples países, entre ellos México–. Este "amanecer de la Tierra" (Earthrise),[3] capturado desde la ventanilla del Apolo 8, sirvió como motivo de propaganda del Estado e incluso de la religión cristiana (fig. 2). Por ejemplo, el Servicio Postal de los Estados Unidos colocó en una estampilla las palabras del astronauta, quien, desde el espacio, de cara a nuestro planeta, citó el texto bíblico del Génesis: "En el principio, Dios creó el cielo y la tierra". Cargada con el mensaje religioso, esta fotografía –distribuida ya no como motivo de "ciencia ficción", sino como documento de la ciencia astronómica– se convirtió en uno de los primeros catalizadores del movimiento ambientalista que promovió la conciencia planetaria a través de una visión concreta de los riesgos de autodestrucción de la civilización humana y su narración bíblica de la creación en el Génesis.

 

William Anders, Earthrise. Fotografía AS8-14-2383HR de la nasa, 1968

Figura 2. William Anders, Earthrise. Fotografía AS8-14-2383HR de la NASA, 1968.

 

Cincuenta y siete años después, este motivo se repitió casi con la misma composición visual y desde un ángulo semejante, pero sin la connotación religiosa. Sin embargo, hubo una diferencia pequeña pero relevante: la tripulación de Artemis II capturó, el 7 de abril de 2026, el "ocaso de la Tierra" (fig. 3). Es posible especular que, aunque la rotación cósmica genera cíclicamente otros "amaneceres" tras los "atardeceres", después de más de medio siglo, tanto la investigación científica como la crítica ambiental –bajo las categorías del Antropoceno o del "Earth Overshoot Day"–,[4] han derivado en una visión negativa de la Tierra.

 

Newscom - EyePress - IMAGO. Crédito: NASA

Figura 3. Earthset before a total solar eclipse on its lunar flyby, April 6, 2026. Misión Artemis II (Foto: Newscom / EyePress / IMAGO. Crédito: NASA).

 

Aunque este posible entendimiento metafórico del "ocaso" como "caída" permanece a nivel de especulación, resulta indudable que también la más reciente imagen del planeta Tierra desde el espacio puede generar un efecto crítico-ambiental. Con la fotografía de la Blue Marble –tomada en 1972 por la tripulación de la misión Apolo 17, desde una distancia aproximada de 29 000 kilómetros de la Tierra–,[5] se acuñó un ícono de los movimientos ambientales de los años setenta, impreso sobre pancartas y playeras, y presente en diversos logotipos de organizaciones ambientales. Esta fotografía, que gozó de un gran éxito mediático –medible por las investigaciones sobre historia ambiental–,[6] simboliza la fragilidad del planeta Tierra y estimula su preservación: la imagen funge como un catalizador de la investigación ecológica y la preservación ambiental en la época geocronológica del Antropoceno.

Por ello, también era esencial retratar la Tierra en esta forma durante la misión Artemis II, aunque desde otra perspectiva geográfica. Ya desde 2015, un satélite del Observatorio del Clima del Espacio Profundo (DSCOVR, por sus siglas en inglés) de la NASA registró esta visión con una cámara EPIC. Pero tanto en esa toma como en la de Artemis II se puede observar el matiz grisáceo del "planeta azul": una capa que muestra la omnipresente contaminación atmosférica de la Tierra. En consecuencia, el equipo EPIC de la NASA trabaja en la corrección visual de este efecto, para evitar posibles interferencias critico-ambientales en la contemplación de esta imagen.[7]

Los dos ejemplos históricos, Earthrise y Blue Marble, y su repercusión en las estrategias visuales de la misión Artemis II, demuestran como las imágenes de la Tierra contienen un potencial político, con efectos mediáticos que oscilan entre la fascinación, la seducción y la propaganda, por un lado, y la crítica ambiental, por el otro. Consciente de esta latente iconografía política en las misiones a la Luna y las fotografías de la Tierra tomadas durante los viajes espaciales, propongo la hipótesis de que Artemis II fue primordialmente una misión de las imágenes y no tanto de la exploración científica de la Luna.

Los análisis críticos indicaron que la misión no reveló nuevos hallazgos o interpretaciones astronómicas, sino que se trató de un vuelo de prueba del cohete SLS para futuras misiones con un planeado descenso tripulado sobre la superficie de la Luna para establecer un observatorio permanente (bajo control estadounidense). Hubo anécdotas memorables del vuelo, como la reparación del inodoro espacial por parte de la astronauta Koch, pero no hay resultados tangibles que legitimen el muy alto costo de este viaje alrededor de la Luna. Sólo el cohete SLS (Space Launch System) costó alrededor de 4 000 millones de dólares, por lo que estas tomas del espacio, de la Tierra y de la Luna son, tal vez, las fotografías más caras en la historia de la imagen.

En esta misión de las imágenes prevalece un enfoque estrictamente escenográfico y propagandístico, en el que cada detalle tiene relevancia; por ejemplo, en términos de la teoría política de los colores. Por citar un caso: durante la transmisión en vivo del regreso a la Tierra, con el amerizaje en el Pacífico, se desplegaron paracaídas con rayas rojas y blancas que, contra el fondo del cielo azul estrellado, aludían a la bandera estadounidense, la Stars and Stripes, además de evocar también los colores de la bandera de Canadá en honor al tripulante de ese país. Y es que, hasta la fecha, las banderas estadounidenses son el único símbolo nacional en la superficie de la Luna.

Sin embargo, este reclamo "imperialista" de propiedad sobre un cuerpo celeste plantea un desafío a otras naciones que se inscribieron en la carrera por el dominio global del satélite natural de la Tierra. Mientras que durante la Guerra Fría fue la Unión Soviética la que desafió a los Estados Unidos (su gran enemigo ideológico), hoy es China –pero también India y Japón– quien lucha por el liderazgo en esta competencia científico-política. Por esta razón, el presidente estadounidense Donald Trump "declaró" que el próximo alunizaje de astronautas estadounidenses ocurrirá en 2028 (los chinos planean el suyo para 2030) como un medio para demostrar la hegemonía tecnológica y militar de su país.

Estas competencias, escenificadas con la Luna y su órbita como telón de fondo, poseen una larga y compleja iconografía política, desde Yuri Gagarin hasta Artemis II. En cada etapa de esta historia, prevalece el control sobre la imagen. En el caso reciente, es obvio que las autoridades estadounidenses procuraron crear una iconografía positiva por medio de la censura del material difundido: fotografías, videograbaciones e incluso transmisiones en vivo, como el amerizaje de la cápsula Integrity. El acto de producir imágenes y el intento de dirigir las miradas colectivas hacia una visión acrítica es un principio clave de la iconografía política. En el caso de Artemis II, la intención fue cimentar el liderazgo de Estados Unidos en el espacio y minimizar las críticas a esta misión.

Expertos en aeronáutica espacial advierten que para 2028 la tecnología necesaria –es decir, el módulo de alunizaje y el traje espacial para las caminatas lunares– no estará lista. Es probable que China lleve una ventaja en el desarrollo de estos dispositivos; por ello, la administración de Trump instruyó a la NASA buscar el apoyo (bien remunerado, por supuesto) del tecnofascista Elon Musk (con su empresa SpaceX) y del oportunista Jeff Bezos (Blue Origin).[8] Ambos empresarios se han puesto al servicio de Trump para evitar que los chinos ganen esta carrera, pues, según la opinión del periodista Christoph Seidler, esto enviaría el mensaje de que el siglo estadounidense llegó a su fin,[9] dando paso a un relevo hostil por parte del poder chino.

Un detalle revelador subraya la importancia de las estrategias visuales en este conflicto: durante una presentación del proyecto Artemis –que pretende concluir con un alunizaje–, el senador republicano Ted Cruz utilizó, en una comparecencia ante el Congreso estadounidense sobre la NASA, una simulación generada con inteligencia artificial que se titula "¿Cómo se verá el año 2030?". En dicha simulación aparecen dos escenarios: el primero, con un par de astronautas estadounidenses en la Luna y con la Tierra al fondo (semejante a las fotografías de Earthrise); el otro, con tres taikonautas chinos izando una bandera gigantesca de su país.[10]

Por medio de esta simulación, se advirtió a los congresistas –quienes son responsables del financiamiento de tales misiones espaciales– que los Estados Unidos podrían fracasar en dicha competencia. Es un mal presagio que se aproveche la tecnología digital de la imagen para persuadir; es una "prueba ficcional" en un proceso político y tecnológico que busca manipular las opiniones de los legisladores. Además, la cobertura de la misión Artemis II también cumplió una función político-mediática al ensombrecer el tema de la planificación fallida y autodestructiva de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, al menos hasta mediados de junio de 2026.

Todo ello subraya la importancia política de la producción y el empleo de las imágenes de Artemis II. Así, desde la postura ideológica oficial, resulta entendible que se censuraran las tomas de la misión. Cuando la tripulación fue sacada de la Integrity por el personal de la Marina, sólo vimos caras felices –una reacción humana comprensible tras las tensiones del aterrizaje– acompañadas de declaraciones triviales e insustanciales, como la del comandante Wiseman, quien afirmó durante la bienvenida oficial en el centro de control de la NASA en Houston, el 11 de abril de 2026, que regresar a la Tierra era algo especial.[11] Empero, nada se dijo sobre la responsabilidad de los seres humanos en la preservación de su planeta. Mientras las fotografías históricas de Earthrise y de la Blue Marble estimularon la crítica ambiental, parece que las tomas de Artemis II no plantearon ningún cuestionamiento del Antropoceno. Es tarea de las siguientes investigaciones ecoestéticas observar y analizar si las imágenes de Artemis II generan un mayor potencial crítico.

Con las vistas del espacio aún frescas en sus mentes, el comandante y su tripulación pudieron haber reflexionado sobre la destrucción de la Tierra por el uso excesivo de energía fósil, la contaminación química, los procesos cotidianos de la industrialización, la hiperurbanización y, por supuesto, las guerras. Sin embargo, no hubo ningún mensaje para los belicistas del mundo: en primer lugar, para el presidente de los Estados Unidos; en segundo, para el presidente de China, responsable de las agresiones militares contra Taiwán y contra casi todos los países vecinos del Pacífico suroriental. Pero tampoco lo hubo dirigido al presidente de Rusia, con su guerra imperialista en contra de Ucrania, ni mucho menos al primer ministro de Israel, con su guerra devastadora contra Palestina y Líbano (por mencionar sólo a cuatro representantes dentro de una larga lista de belicistas que afectan al planeta y a sus habitantes).

Todas las actividades bélicas matan y lastiman seres humanos, destrozan ciudades e infraestructuras, y contaminan paisajes naturales. Incluso durante los breves periodos de paz, la infraestructura militar afecta severamente el medioambiente y la atmósfera de la Tierra. Según las estimaciones de expertos, el Ejército de los Estados Unidos es el mayor consumidor particular de energía en ese país. Por ejemplo: un avión de combate tipo B-52 gasta en una hora tanto combustible como un automovilista promedio en siete años. Sin embargo, estos datos sobre el consumo energético, con sus efectos en el cambio climático, se excluyen de las discusiones, pues el Pentágono argumenta que se trata de una inversión necesaria para la defensa del país. También, a una escala mayor, en la OTAN se manifiesta el mismo problema: en 2021, por ejemplo, los aliados de este sistema de defensa del Atlántico norte produjeron 200 millones de toneladas de CO2, que equivale a la emisión anual de España.

Los datos sobre la contaminación militar no se incluyen en las evaluaciones climáticas globales ni tampoco aparecen en los medios visuales como la prensa y el internet. El mayor impacto ambiental lo generan las guerras: los tanques requieren grandes cantidades de combustible (de origen fósil, por lo que emite CO2 a la atmósfera), las operaciones militares contaminan los suelos y las aguas subterráneas con metales pesados, petróleo y químicos tóxicos; y cuando se bombardean refinerías y centrales energéticas, se liberan grandes cantidades de gases de efecto invernadero, como hexafluoruro de azufre y metano. Además, el bombardeo de instalaciones industriales y de vivienda –que requiere reconstrucciones posguerra– consume enormes cantidades de concreto y acero, materiales cuya producción libera fuertes cantidades de CO2 y otros elementos venenosos en la atmósfera.[12] Por todos estos motivos, las acciones bélicas que dañan profundamente el medioambiente constituyen un delito bajo el derecho internacional público.

Desde luego, los viajes aéreos civiles y las misiones espaciales contribuyen de manera esencial a este escenario crítico. Sólo el lanzamiento espacial del cohete SLS en la misión Artemis II consumió 6 000 litros de combustible por segundo, lo que permite hacer un cálculo aproximado de las emisiones tóxicas y destructivas para la atmósfera de nuestro planeta. Más allá de estas indagaciones científicas, del análisis visual surge una paradoja: producir las impresionantes vistas desde la cápsula Integrity, documentadas en un sinnúmero de fotografías y videos, es un acto de destrucción ambiental. No sólo la documentación visual y los comentarios que la acompañan por parte de astronautas, técnicos y administrativos excluyen cualquier crítica ambiental, sino que la propia realización técnica de las misiones es parte de una economía lineal, impulsada por el uso contaminante de la energía fósil. Por supuesto, tales reflexiones –con su potencial ilustrativo y provocador hacia los políticos y empresarios "fósiles", cuyo manejo insostenible de la Tierra es más que obvio– no existen en dichos comentarios sobre Artemis II, aunque sí están presentes en la fotografía ecocrítica (como la de Greenpeace).

Queda entonces pendiente la reflexión sobre el potencial político y mediático de las fotografías –costosas y, sin duda, fascinantes– que lanzó Artemis II a un público global casi en tiempo real. ¿Cómo pueden emplearse estas tomas como instrumentos para la investigación y la educación ambiental? El objetivo central de una investigación ecoestética sobre las imágenes de la Tierra desde el espacio es generar lecturas subversivas –alternativas al discurso oficial del Gobierno de los Estados Unidos y su agencia NASA–, con el fin de provocar discursos críticos que surjan de la fascinación por las fotografías de Artemis II y por las series posteriores de otras misiones, tanto estadounidenses como chinas, puesto que todas van a operar bajo principios semejantes de propaganda política unidimensional.

Para finalizar esta invitación a reflexionar y examinar estas contradicciones, quiero mencionar un tema completamente ausente de todos los discursos visuales y verbales sobre este tipo de misiones: la basura espacial, un problema sin resolver creado por el ser humano –la única especie en la Tierra que produce "desechos"– y que permanece mayormente excluido de la conciencia colectiva.

Las banderas estadounidenses –de materia sintética, colocadas por primera vez sobre la superficie lunar en 1969 por Buzz Aldrin y Neil Armstrong de Apolo 11, hace casi medio siglo, y luego en las siguientes cinco misiones tripuladas– fueron sólo una mínima parte de la basura exportada por el ser humano a nuestro sistema solar.[13] Sobre la Luna quedaron también vehículos abandonados y otras herramientas desechadas. Y esta "tecnomasa" no biodegradable, ajena a la sustancia natural de la Luna, va a aumentar con la construcción de una estación lunar permanente, concebida por la NASA, y muy probablemente también por la agencia espacial de China, decorada, por supuesto, con su bandera.

No existen fotografías de esta tóxica herencia antropogénica en la Luna. Es un tabú impuesto para no oscurecer el brillo del éxito tecnológico y mediático de las misiones. Sin embargo, en 2019 la NASA publicó una simulación crítica del espacio para exponer la extensión del problema de la basura exportada al sistema solar: la órbita de la Tierra está rodeada por una corona de escombros de satélites descompuestos y otros tipos de chatarra espacial. Es la contraimagen actualizada del Antropoceno frente a la Blue Marble de 1972: la vista del vertedero exterior de la Tierra.[14] Peor aún, la basura –exportación sistemática de los problemas de la civilización humana al espacio– se extiende también al planeta Marte, en donde hasta la fecha ningún ser humano ha llegado, pero donde las misiones no tripuladas dejaron ya unas diez toneladas de equipo técnico, en gran parte averiado.[15]

En suma, salvo la mencionada simulación de la NASA, no existe registro –y, por lo tanto, tampoco conciencia visual– de los problemas ambientales generados por las misiones espaciales. Prevalece la fascinación ingenua, vehículo idóneo para fortalecer las ideologías anacrónicas de progreso, conquista y dominación que imperan en el desarrollo unidimensional y autodestructivo del planeta Tierra en la época geocronológica del Antropoceno, un problema generado también por las misiones al cosmos.

Post scriptum. Una figura imaginada en el cosmos de la mitología griega clásica otorgó el nombre de esta misión lunar. Artemisa, diosa de la caza y de la Luna, es la hermana gemela de Apolo. Sus atributos claves son la luna creciente, el arco y el carcaj con flechas de plata. Además, se le representa portando una antorcha. Como interpretación subversiva, propongo recodificar estos atributos: el arco y la flecha como instrumentos para atacar a los destructores de la Tierra y llevar la luz de la Ilustración –por medio de la "ciencia de la imagen" (Bildwissenschaft)–, a los urgentes y controvertidos debates ambientales.

 

 

Inserción en Imágenes: 9 de junio de 2026.

 


[1] Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Hamburgo, en el programa de Iconografía Política, Warburg Haus. De 1996 a 1998 fue profesor de asignatura en las Universidades de Hamburgo y Bremen. A partir de 1998 es investigador de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México, así como profesor en los Posgrados en Arquitectura y en Historia del Arte de la misma institución.

[2] Por la importancia discursiva de los superlativos en los Estados Unidos, mencionaron en los medios que Glover era el primer ciudadano de origen afroamericano; Koch, la primera mujer; Hansen, el primer extranjero, y Wiseman, el veterano en una misión a la Luna.

[3] William Anders, Earthrise; fotografía AS8-14-2383HR de la NASA, tomada con una Hasselblad 500.

[4] Sobre el Antropoceno, véanse: Paul Crutzen, "Geology of Mankind", Nature, vol. 415 (enero de 2002); Jan Zalasiewicz et al., The Anthropocene as a Geological Time Unit. A Guide to the Scientific Evidence and Current Debate (Cambridge University Press, 2019); "Anthropocene, Capitalocene, Chthulhocene. Donna Haraway in conversation with Martha Kenney", en Art in the Anthropocene. Encounters Among Aesthetics, Politics, Environments and Epistemologies, ed. Heather Davis y Etienne Turpin (Open Humanities Press, 2015), 256; Alexandra Witze, "Geologists Reject the Anthropocene as Earth’s New Epoch – After 15 Years of Debate", Nature, vol. 627 (marzo de 2024): 249-250. Véase también el sitio de la International Commission on Stratigraphy; y el del Earth Overshoot Day.

[5] Harrison Schmitt, fotografía AS17-148-22727 de la NASA (7 de diciembre de 1972), tomada con una Hasselblad de formato medio. Por cuestiones de legibilidad y reconocimiento, el sujeto (el continente africano) fue rotado 180°, para lograr la representación cartográfica tradicional con el polo norte en la parte superior y el polo sur en la inferior.

[6] Finis Dunaway, Seeing Green. The Use and Abuse of American Environmental Images (The University of Chicago Press, 2015); Joachim Radkau, Die Ära der Ökologie. Eine Weltgeschichte (Beck, 2011).

[7] El sitio web de la NASA ofrece una explicación técnica en torno a la toma de la fotografía y da cuenta de la manipulación a la que fue sometida: "This color image of Earth was taken by NASA’s Earth Polychromatic Imaging Camera (EPIC), a four megapixel CCD camera and telescope. The image was generated by combining three separate images to create a photographic-quality image. The camera takes a series of 10 images using different narrowband filters — from ultraviolet to near infrared — to produce a variety of science products. The red, green and blue channel images are used in these color images. The image was taken July 6, 2015, showing North and Central America. The central turquoise areas are shallow seas around the Caribbean islands. This Earth image shows the effects of sunlight scattered by air molecules, giving the image a characteristic bluish tint. The EPIC team is working to remove this atmospheric effect from subsequent images".

[8] En cuanto a Musk, sus declaraciones y gestos indican una clara postura neofascista; respecto de Bezos, sus intervenciones políticas, como dueño del periódico The Washington Post, lo perfilan como un subordinado de Trump. Ambos contribuyen al proyecto político de esa presidencia, orientado a erosionar la democracia y conducir a los Estados Unidos hacia un estado totalitario.

[9] Christoph Seidler, "Trumps große Mondshow", Der Spiegel, núm.16 (2026).

[10] Seidler, "Trumps große Mondshow".

[11] Véase la nota de Spiegel Online fechada el 12 de abril de 2026.

[12] Esta información proviene principalmente del reportaje radiofónico "Kriegsopfer Umwelt", elaborado por Sabine Kebir para la estación Deutschlandfunk, 2 de enero de 2025.

[13] La sonda "Lunar Reconnaissance Orbiter", del año 2009, registró la existencia de casi todas las banderas, salvo la primera, la del Apolo 11 en 1969, que tal vez no estuvo bien fijada. Estas banderas, compradas por el módico precio de cinco dólares -del valor de esa moneda en aquel entonces- se preservaron aparentemente bien, a pesar de las bajas temperaturas y la radiación ultravioleta extrema. Es probable que las banderas hayan perdido su color y se encuentren cubiertas de polvo lunar. Véase el reportaje "Was wurde aus den Fahnen auf dem Mond?"

[14] En junio de 2019, la NASA contó aproximadamente 19 524 objetos descompuestos en el espacio alrededor de la Tierra. Véase Peter Krieger, Basura en la naturaleza. Iconografía política, historia de las ideas y análisis forense de la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel, en Ciudad de México (Instituto de Investigaciones Estéticas-Universidad Nacional Autónoma de México, 2026). Versión en alemán: Peter Krieger, Müll in der Natur. Eine Mikrostudie zur politischen Ikonographie, Ideengeschichte und Forensik des Anthropozäns (Tectum Verlag, 2024).

[15] Peter Krieger, Basura en la naturaleza, 25.